|
Nació
el 21 de agosto de 1567, en el Castillo de Sales. Morirá de sólo 56 años,
pero su vida es una de las más impresionantes y llenas de actividades
admirables.
La
mamá, Francisca, antes de que el niño naciera, vio en sueños que el
oficio de su hijo sería el de ir recorriendo los campos como un buen
pastor recogiendo las ovejas extraviadas y llevándolas otra vez al rebaño.
Desde
niño ya en la escuela va escribiendo y coleccionando las frases más
bellas que escucha.
El
día de su Primera Comunión se propuso hacer cada día una visita al Santísimo
Sacramento en el templo.
La
primera frase completa que sus padres recordaban haberle oído decir fue
esta: "Mi Dios y mi madre, me aman mucho".
La
mamá lo formó en una gran devoción a la Santísima Virgen, y esta
devoción lo librará de muchísimos peligros.
Su
padre lo envió a París a estudiar en el colegio de los nobles y ricos,
pero él prefirió más bien ir al colegio de los Padres Jesuitas porque
allá formaban mejor la personalidad y enseñaban más religión.
En
París aprendió todas las reglas del más exquisito trato social, y esto
le servirá después inmensamente para tratar a toda clase de personas.
Tenía
muy buenas dotes intelectuales y se propuso desde la infancia aprovechar
al máximo las cualidades que Dios le había dado.
Estudió
mucho a San Agustín, que es el mejor psicólogo que ha tenido la Iglesia,
y de él aprendió a comprender de manera maravillosa el alma humana. Los
jesuitas le enseñaron a apreciar enormemente la Sagrada Biblia, y después
en sus sermones y catequesis, todo lo enseñará a base de Biblia.
A
los 20 años sufrió la temible tentación de la desesperación. Le parecía
que se iba a condenar. Perdió el apetito y el sueño y enflaqueció
impresionantemente. No hallaba qué hacer. Pero un día entró al templo
de nuestra Señora de las Victorias, y allí, junto a una imagen de la Sma.
Virgen, vio escrita esta bella oración: "Acuérdate oh Madre Santa -
que jamás se oyó decir - que alguno te haya implorado - sin tu auxilio
recibir. - Por eso con fe y confianza - humilde y arrepentido - lleno de
amor y esperanza - este favor yo te pido". Rezó varias veces tan
hermosa oración y de un momento a otro sintió que la tentación de la
desesperación se alejaba misteriosamente. Toda su vida propagó y
recomendó esa oración. La hizo imprimir por miles y miles y la repartió
por todas partes a donde llegaba.
Más
tarde en la Universidad le repetirá la misma tentación, pero con el rezo
a la Madre de Dios, y leyendo los escritos de San Juan se convenció de
que "Dios es amor", y ya nunca volvió a sentir ese temor de
condenarse. Esta tentación le sirvió mucho para humillarse y para saber
comprender después a personas atormentadas por tentaciones muy molestas.
En
la Universidad de Padua lo atacan varios estudiantes malos, para
humillarlo por ser tan piadoso. Pero como en París había aprendido muy
bien el arte de la esgrima, sacó su espada y los desarmó a todos y
cuando los vio derrotados les dijo: "Y agradezcan que soy creyente y
por eso no los hiero ni les hago mal".
Los
estudiantes corrompidos prepararon a una mujer impura para que con
pretexto de visita de estudios fuera a hacer pecar a Francisco. Este la
hizo salir huyendo avergonzada de haberse atrevido a tratar de hacer pecar
a un joven que prefería la muerte antes que ofender a Dios.
Estos
dos hechos se hicieron muy conocidos en toda la ciudad, y en el día en
que la Universidad le confirió el doble doctorado en Derecho Civil y en
Derecho Canónico, el Rector lo elogió públicamente por tan valientes
actitudes.
En
Padua tuvo la suerte de ser dirigido por un sabio sacerdote de quien diría
después: "Este Padre es sumamente amable en su trato y en sus
ideas". Una de las frases preferidas de su director espiritual era ésta:
"El buen Dios nos dio un alma maravillosa en un cuerpo formidable.
Nuestra alma y nuestro cuerpo son dos creaciones valiosísimas de la
sabiduría de Nuestro Señor".
Como
universitario conoció un librito que lo iba a acompañar durante toda su
vida. Se llama "El Combate Espiritual". Por más de veinte años
lo llevará en el bolsillo y no pasará un día en que no lea alguna página
de tan hermoso libro. De él sacó muchas de las más bellas doctrinas que
enseñaba a la gente.
Renunció
a ser Senador del Reino y a un matrimonio muy brillante, con tal de ser
sacerdote. El día de su ordenación sacerdotal la gente vio su cabeza
iluminada con un resplandor impresionante. Este resplandor aparecerá
sobre su cabeza varias veces más en ocasiones muy solemnes de su vida.
Tenía
dos santos preferidos: San Francisco de Asís y San Felipe Neri. De ellos
aprendió a vivir siempre alegre y a ser sumamente optimista.
El
obispo lo envía de misionero a una región donde no había sino
protestantes. Era El Chablais (se pronuncia Cablé). Allí las gentes lo
rechazan de manera feroz. Tiene que pasar las noches a la intemperie y
dormir en invierno amarrado a las ramas de los altos árboles con el
peligro de ser devorado por los lobos. Pero trata a todos con una bondad
tan admirable que las gentes no pueden menos que amarlo. Cada madrugada
pasa de casa en casa echando por debajo de la puerta hojas impresas con
las enseñanzas católicas. Y es tal su oración, su sacrificio y su
constancia y sabiduría para enseñar, que a los pocos años logra
convertir a los 72,000 protestantes de esa región, los cuales se vuelven
católicos fervorosos.
El
Sumo Pontífice lo nombra obispo y le hace él personalmente el examen
para saber qué tanta es su sabiduría. Francisco responde de manera tan
inteligente las preguntas del Santo Padre, que el Papa desciende de su
trono y lo abraza y lo estrecha cariñosamente sobre su corazón.
La
amabilidad de este santo llegó a ser tan admirable que San Vicente de Paúl
exclamaba: "Oh Dios mío, si Francisco de Sales es tan amable, ¿Cómo
serás tú?". (Ojalá leamos su biografía completa. Es formidable).
Parecía
no cansarse de predicar, de enseñar catecismo, de visitar enfermos y de
repartir ayudas a los pobres. Tenían que esconderle sus propias ropas
porque regalaba a los necesitados todo lo que tenía y quedaba hasta sin
ropa para cambiarse.
Fundó
la Comunidad de La Visitación, para religiosas y les puso un Reglamento
tan suave y bondadoso, que hasta las almas más débiles pueden cumplirlo.
Fue
un gran escritor. Sus obras más famosas son: La Introducción a la vida
devota, o filotea, un libro que ha sido traducido a todos los idiomas
importantes del mundo y que ha hacho tan grande bien a quienes lo leen que
el Papa Pío XI decía: "Ninguna mujer católica que quiera ser
fervorosa, debería quedarse sin leer este bello libro de San Francisco,
La Filotea". Nuestro santo conocía como ningún otro la psicología
femenina y por eso las mujeres leen con inmenso provecho sus escritos.
Toda su vida sacerdotal la pasó dando dirección espiritual a mujeres y
lo que les decía personalmente, lo escribió en ese librito formidable
que se llama "Introducción a la vida devota".
También
publicó un libro que lo hizo merecedor al título de "Doctor de la
Iglesia". Ese libro se llama "Tratado del amor de Dios". Y
escribió más de mil cartas espirituales.
Se
propuso predicar y escribir de manera tan sencilla que hasta las gentes más
humildes y pobres lo entendieran. Por eso sus libros y sermones han
gustado mucho.
En
20 años de obispo transformó su diócesis. Y además fue encargado por
el gobierno civil de varias misiones diplomáticas difíciles.
En
París fue considerado como un predicador que transformaba a los oyentes.
En esa capital tuvo que predicar 180 sermones en tres meses. La gente decía:
"Este santo sacerdote no dice nada raro, pero sus palabras llegan al
corazón y lo convierten". El rey Enrique IV de Francia, el Duque de
Saboya y el Sumo Pontífice lo apreciaban enormemente. La gente guardaba
como reliquias los objetos que él empleaba para su uso. Y todos se
admiraban de su inalterable buen genio y de su impresionante amabilidad.
El decía que por veinte años su principal propósito había sido:
conservarse de buen genio y alegre.
Muere
el 28 de diciembre de 1621 cuando apenas tenía 56 años de edad. Los
milagros que empezaron a obtenerse por su intercesión fueron tan
numerosos, que el Santo Padre lo declaró santo cuando apenas hacía 40 años
que se había muerto.
San
Juan Bosco fundó una comunidad de religiosos y les puso por nombre
"Salesianos", en honor del amabilísimo San Francisco de Sales,
a quien él admiraba inmensamente.
San
Francisco de Sales: tú que fuiste el hombre más amable después de
Jesucristo, alcánzanos del buen Dios, la gracia de ser también nosotros
mansos y humildes de corazón como Cristo y como lo fuiste tú.
Jesús,
manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.
Tomado
del Libro "Vidas de Santos" del P. Eliécer Sálesman
|